La arquitectura de esta casa-huerto explora las posibilidades de la vida en el exterior a través del porche y una agricultura doméstica.
Para nosotros, una parte muy agradable de la imprevisibilidad de los espacios fue la magnífica ocupación por parte del cliente, el balance entre refugio y libertad. Llevó la idea del porche un paso más allá y el resultado es una vida generosa exterior llena de acción, muebles, decoración, comida, interacciones y muchas posibilidades. El cliente, un chef, demuestra que la sostenibilidad es la convivencia equilibrada e incierta entre la arquitectura, su huerta y el mundo natural.
Un viaje de dos horas hacia el este de Lima nos lleva a Cocachacra, un pequeño pueblo al lado de los Andes. En este contexto se encuentra la casa, por lo que la coexistencia con la intensidad de las montañas y la comprensión del clima son insumos clave en el proceso de diseño. Parte de la experiencia de estar en la naturaleza es permitir que se satisfagan los sentidos: escuchar los sonidos de la vida silvestre, oler el aire fresco o disfrutar de la lluvia sin encerrarse.
Pensamos en el volumen principal como un único techo inclinado que pudiera tejer espacios habitables interiores y exteriores. En los establos de San Cristóbal de Barragán encontramos el esquema que nos ayudó a ejercitar esta idea, donde los aleros alargados se convierten en un alar que permite contacto con la naturaleza e interacciones diarias. En las casas tradicionales locales es común ver espacios exteriores techados adosados a las fachadas donde parece que el tiempo no pasa. Estos porches no sólo dan cobijo sino que también tienen un importante valor social que nos interesa rescatar.
Con un enfoque de huerta, en la casa se practica una agricultura doméstica donde la estacionalidad cobra importancia para la organización culinaria del hogar. Las jardineras de piedra dispuestas libremente a lo largo del terreno permiten que los cultivos se manejen por separado y según temporada para uso doméstico, creando otra experiencia con la naturaleza como recurso. Para apoyar este huerto, se diseñó un volumen utilitario compacto de dos pisos con una cocina, cuartos de almacenamiento, un área de trabajo para manipulación de cultivos y dormitorios adicionales en el nivel superior.
Los acabados con cal en las paredes les permiten respirar y aportan un verdadero color blanco. La cubierta del largo techo inclinado se trabaja como un manto de ladrillos de arcilla cortados en mitades y tercios dispuestos en patrones que hacen referencia a los textiles de Ani Albers.